lunes, 11 de junio de 2012

challenge and response












(Hace rato que no me acuesto con las palabras. Las sigo usando, como vos y como todos, pero las cepillo muchísimo antes de ponérmelas) [J. C.].

… Plena espera. 
El último banquito del andén siempre parece ser el más confiable para sentarse a fumar un pucho, al menos para los que estamos convencidos de que el tiempo nos persigue tan ligero y nos mira tan de cerca, y entonces creemos que bajándonos por la parte de adelante del tren le robamos a la vida unos minutos...
… Y otro pucho, y tal vez un tercero, aunque ya sin disfrute, sino más bien para encarrilar los pensamientos en el humo y justificar el vicio.

Es bien cierto que existe en mí una insistente propensión a sacar del bolsillo los “por qué?” en cualquier ámbito relacionado con el tren, porque es el lugar donde me siento cómoda, donde me hallo, mi Sitio (como diría Castaneda). No encuentro una mejor analogía con la vida misma: El sonido de la alarma que te avisa que estás perdiendo el tren (pero que otro ha de llegar, eventualmente, y "así es la vida"), la vorágine que implica andar por ahí con todo ese resto de semejantes, expuesto a cualquier acontecimiento de vaya uno a saber qué índole, el banquito del final del andén casi como un cómplice, la ventana (después de todo, siempre queda la ventana)… Indiscutibles etcéteras.
Entonces ahí es cuando pienso: Donc, Ergo, Dunque… Por qué?
Y, como me canso ante la repetida ausencia de respuestas y se torna vana la espera de alguna grandilocuencia, muy de a poco (entre pitada y pitada), me convenzo de que la pregunta es retórica. Pero resulta que en el fondo uno siempre sabe que la respuesta reside en algún sitio, en el que no hemos buscado quizás por miedo a encontrar, o sencillamente por no sentir el deseo de hacerlo.

(Desde que te conozco no hacés más que buscar, pero uno tiene la sensación de que ya llevás en el bolsillo lo que andás buscando) [J. C.]

Y ese saber es la piedra dentro del zapato. Entonces uno, pese a haber aceptado mentirosamente el aspecto retórico de la cuestión, muy en el fondo sigue hurgando entre las posibles respuestas, y así es como se empieza a cavar hondo, y llega la nostálgia, y se corren riesgos, y entonces llega el tren… Como si todas las partes de ese instante pudiesen tranquilamente haberse trasladado a una sesión de psicoanálisis.

(Todo tan insuficiente, tan de más o de menos) [J. C.]


A propósito... Qué lindo estaba el cielo hoy!

[Luk]

jueves, 7 de junio de 2012

Mierda y Cuchara

 
cuéntame del llover, de los días de mierda y cuchara,
de la rara podredumbre del querer cuando no falta nada,
porque sé que el saber no sirvió para dañar tus labios
y que te sobra todo lo que va después
del “yo te quiero” y “yo también”
y mi costilla arrancada es nada
y cada trino quebrado es nada
que fuimos, somos y seremos nada
 
 
(Amaneció, la vi irse sonriendo, con lo puesto,
por la puerta del balcón, el pelo al viento
diciendome adiós, porque decidió que ya
estaba hasta las tetas de poetas de bragueta y revolcón...)
 
 
 
[Marea]  

Poli


Un viernes como cualquier otro (es decir, distinto del resto), sumidos en el mismo divague que aparece las noches de lluvia, estábamos mi pucho y yo, esperando que el día anuncie su final e intentando asimilar el tiempo que todavía faltaba para que eso suceda.
Parada en la puerta de la facultad, asumía el riesgo de cruzarme con algún personaje de esos que nunca faltan en ninguna facultad, pero los vicios son vicios (y bien sabido es que el olor a humo impregnado en la ropa es motivo de discusión).
Efectivamente (o lamentablemente) ví que Victoria se acercaba, como de costumbre con sus gestos insoportablemente efusivos, no aptos para un viernes a la noche, y acompañada de una chica a la que yo había visto en reiteradas oportunidades pero con la cual (sabiamente) la vida nunca me había cruzado muy de cerca.
Mi cabeza analizó al instante a la acompañante: me había caído mal. Cuestión de piel, vió (decimos nosotros, los portadores una morbosa propensión a prejuzgar). Aún así, seguía siendo viernes a la noche y cualquier racionalización de las circunstancias que se presentaban se desvaneció al ser consciente de ello:

- ¡Felicitaciones, Vicky!
- ¡Muchas gracias! ¿Me lo decís por mi nuevo trabajo o por el aplastante “triunfo K”?
- Por las dos, por las dos.
(Respondía yo sin pensar demasiado en el asunto, y repitiéndome que era viernes a la noche).

En eso, ví que Victoria tomó cariñosamente el rostro de su acompañante (la cual había estado excluida de la conversación hasta ese entonces) y, todavía muy efusiva, le dijo:

-          ¡Igual te amo, radicalita de mi vida!

Claramente, mi visión del acto distó mucho de pensar algo así como “qué bien, se trata de ese tipo de persona que deja la política de lado a la hora de las relaciones” (cosa que yo nunca pude lograr). Más bien concluí en que las situaciones bizarras nunca van a dejar de existir.
Siguiendo con el tema introducido, intenté (muy cordialmente) integrar a la acompañante a la absurda conversación:

-          ¿Y vos, qué sos?
(Era mi forma de preguntarle con qué ideología política simpatizaba. Formulaba la pregunta mal a propósito, entendiendo que, cuando uno no sabe lo que va a encontrar, siempre es bueno hablar de política en términos relajados y, en lo posible, con una sonrisa de por medio).
La cara de la acompañante se convirtió rápidamente en una mezcla de gestos de incomodidad ante mi pregunta que, en conjunto, resultaban desagradables:

-          Hola, soy ricardo gutierrez, ¿vos?
(respondió, invitándome a un apretón de manos que no era más que un aporte a toda la ironía de la situación que ella me ofrecía)

Al instante, olvidé que era viernes a la noche y di lugar a la irritación que me nacía desde lo más profundo:

-          Te doy la mano por respeto, que fue lo que te faltó a vos recién.

La viveza con la que la chica se había manifestado en un primer momento, desapareció repentinamente por entre la lluvia. La suma de la incomodidad de la situación y la ausencia de una respuesta instantánea por parte de la acompañante, dieron como resultado que se ruborizara por completo, que se prendiera fuego, que casi explote y de esa forma acabe con el silencio que se había generado. Así como estaba, se encogió de hombros y ocultó su frente en su gorro hippie, y entró al hall de la facultad sin decir nada. Arrepentida, se detuvo a mitad de camino y con voz temblorosa que evidenciaba sus nervios, me dijo:

-          ¡Soy zurda de convicción! (claramente, eligiendo adrede la palabra “convicción”, la cual era totalmente necesario mencionar ante el frustrado intento de haber querido demostrarlo mediante su vestimenta neohippie y su actitud de rebeldía actuada).

Me sonreí, como no podía ser de otra forma (mientras Victoria, ya sin efusividad, participaba del asunto jugando el papel del espectador distante).
Me dio un poco de lástima, de la que a veces lastima, pero el mundo continuó, allá por aquel viernes como cualquier otro, en el mismo divague que aparece las noches de lluvia, con mi pucho recién encendido que anunciaba mi llegada tarde a la clase, y retornando a la espera de que el día anuncie su final.

miércoles, 6 de junio de 2012

... Putting the pieces together


Qué día!

No sólo por el frío, que se tomó el atrevimiento de imponerse violentamente, sino por todo el resto de los acontecimientos violentos que se sucedieron sin lugar a respiro. Hablo del tipo de suceso cuyo arraigo tan evidente y desesperado al mundo cotidiano lo convierte en banal. Banal como levantarse cada día y sentir demasiado sueño como para responder a la primer alarma del reloj.
Banal, hasta que se decide abrir un libro, entendiendo que el tren es uno de los mejores ámbitos para dar paso a la melancolía, sobre todo si se trata de la vuelta a casa, en la que uno se da el lujo de ir echando los pensamientos por la ventana.

… Hasta que abrís un libro, y descubrís que no hay momento sublime como sentir la primer alarma del reloj y desear con todas tus fuerzas que el momento de despertar no llegue, para así evitar el olvido de ese sueño que, se sabe, inevitablemente va a llegar en el transcurso del día y ya no podrá ser contado. Entonces uno pospone el despertar, para seguir soñando.

Cada día lleva una frase al hombro, apta para esa nómina de acontecimientos poco importantes, que, con el pasar de los años, conforman nuestra historia.
Hoy me tocó una de Ray Bradbury, quizás para dejarlo ir de a poco, y para también soltar de a poco esa persona que soy yo hoy:

Jump, and you will find out how to unfold your wings as you fall.


Rest In Peace, Ray.


[Luk]

sábado, 19 de mayo de 2012


Vagus Quidam


La angustia insoportable de todo silencio que exceda de un segundo, que amenace prolongarse. Es que si durara, nos miraríamos. (Los tan sabidos rostros que un día, en un instante más puro, vemos repentinamente como son, y que retroceden instantáneamente a su expresión- la que ponemos). (J. C.)



Era el vértigo de la lengua con la palabra en la punta.
Era claramente un lugar del que no había escapatoria, del que me sentía responsable de prevenir al mundo. Yo lo sabía y, aunque me retorciera en la tristeza, no había nada por hacer. Las circunstancias estaban planteadas, Alea Jacta Est.
Parecía estar ahí desde hacía mucho tiempo, tanto que empezaba a perder la noción, incluso el interés. La salida no se presentaba como un camino complicado, como sugería la oscuridad de la noche, sino un camino intransitable. Intransitable, quizás. Intransitable, no sé.

Pero sentía esa tristeza, y era un sueño, y las tristezas de los sueños son lo que a uno le pesa cuando se despierta.

Quizás era el vértigo de la lengua con la palabra en la punta.


(“No me afligí. Era otra cosa, un sentimiento que no existe de este lado.” J. C.)



Luk.-

Aeh... (I sighed)



“... And 'aeh' (I sighed) but then
 then I wrote this declaration
just in case the world end


Our guns...
We shot them in the things we said
ah we didn't need no bullets
cos we rely on some words instead
 

and we'd kill ourselves laughing
at the funny things we'd say


yawn and smile say
'what direction shall we take?'


'Somewhere where it warm and wet'
this be the route we'd always take and


('on the attack now on the attack')


And battles
they happened in these dancehalls
see we'd rather fight with music
choosing one the rhythm war
battle at these shakedowns
and we battle at these gigs
we do battle in our bedrooms
made some sweet love to the beat...”