jueves, 7 de junio de 2012

Poli


Un viernes como cualquier otro (es decir, distinto del resto), sumidos en el mismo divague que aparece las noches de lluvia, estábamos mi pucho y yo, esperando que el día anuncie su final e intentando asimilar el tiempo que todavía faltaba para que eso suceda.
Parada en la puerta de la facultad, asumía el riesgo de cruzarme con algún personaje de esos que nunca faltan en ninguna facultad, pero los vicios son vicios (y bien sabido es que el olor a humo impregnado en la ropa es motivo de discusión).
Efectivamente (o lamentablemente) ví que Victoria se acercaba, como de costumbre con sus gestos insoportablemente efusivos, no aptos para un viernes a la noche, y acompañada de una chica a la que yo había visto en reiteradas oportunidades pero con la cual (sabiamente) la vida nunca me había cruzado muy de cerca.
Mi cabeza analizó al instante a la acompañante: me había caído mal. Cuestión de piel, vió (decimos nosotros, los portadores una morbosa propensión a prejuzgar). Aún así, seguía siendo viernes a la noche y cualquier racionalización de las circunstancias que se presentaban se desvaneció al ser consciente de ello:

- ¡Felicitaciones, Vicky!
- ¡Muchas gracias! ¿Me lo decís por mi nuevo trabajo o por el aplastante “triunfo K”?
- Por las dos, por las dos.
(Respondía yo sin pensar demasiado en el asunto, y repitiéndome que era viernes a la noche).

En eso, ví que Victoria tomó cariñosamente el rostro de su acompañante (la cual había estado excluida de la conversación hasta ese entonces) y, todavía muy efusiva, le dijo:

-          ¡Igual te amo, radicalita de mi vida!

Claramente, mi visión del acto distó mucho de pensar algo así como “qué bien, se trata de ese tipo de persona que deja la política de lado a la hora de las relaciones” (cosa que yo nunca pude lograr). Más bien concluí en que las situaciones bizarras nunca van a dejar de existir.
Siguiendo con el tema introducido, intenté (muy cordialmente) integrar a la acompañante a la absurda conversación:

-          ¿Y vos, qué sos?
(Era mi forma de preguntarle con qué ideología política simpatizaba. Formulaba la pregunta mal a propósito, entendiendo que, cuando uno no sabe lo que va a encontrar, siempre es bueno hablar de política en términos relajados y, en lo posible, con una sonrisa de por medio).
La cara de la acompañante se convirtió rápidamente en una mezcla de gestos de incomodidad ante mi pregunta que, en conjunto, resultaban desagradables:

-          Hola, soy ricardo gutierrez, ¿vos?
(respondió, invitándome a un apretón de manos que no era más que un aporte a toda la ironía de la situación que ella me ofrecía)

Al instante, olvidé que era viernes a la noche y di lugar a la irritación que me nacía desde lo más profundo:

-          Te doy la mano por respeto, que fue lo que te faltó a vos recién.

La viveza con la que la chica se había manifestado en un primer momento, desapareció repentinamente por entre la lluvia. La suma de la incomodidad de la situación y la ausencia de una respuesta instantánea por parte de la acompañante, dieron como resultado que se ruborizara por completo, que se prendiera fuego, que casi explote y de esa forma acabe con el silencio que se había generado. Así como estaba, se encogió de hombros y ocultó su frente en su gorro hippie, y entró al hall de la facultad sin decir nada. Arrepentida, se detuvo a mitad de camino y con voz temblorosa que evidenciaba sus nervios, me dijo:

-          ¡Soy zurda de convicción! (claramente, eligiendo adrede la palabra “convicción”, la cual era totalmente necesario mencionar ante el frustrado intento de haber querido demostrarlo mediante su vestimenta neohippie y su actitud de rebeldía actuada).

Me sonreí, como no podía ser de otra forma (mientras Victoria, ya sin efusividad, participaba del asunto jugando el papel del espectador distante).
Me dio un poco de lástima, de la que a veces lastima, pero el mundo continuó, allá por aquel viernes como cualquier otro, en el mismo divague que aparece las noches de lluvia, con mi pucho recién encendido que anunciaba mi llegada tarde a la clase, y retornando a la espera de que el día anuncie su final.

miércoles, 6 de junio de 2012

... Putting the pieces together


Qué día!

No sólo por el frío, que se tomó el atrevimiento de imponerse violentamente, sino por todo el resto de los acontecimientos violentos que se sucedieron sin lugar a respiro. Hablo del tipo de suceso cuyo arraigo tan evidente y desesperado al mundo cotidiano lo convierte en banal. Banal como levantarse cada día y sentir demasiado sueño como para responder a la primer alarma del reloj.
Banal, hasta que se decide abrir un libro, entendiendo que el tren es uno de los mejores ámbitos para dar paso a la melancolía, sobre todo si se trata de la vuelta a casa, en la que uno se da el lujo de ir echando los pensamientos por la ventana.

… Hasta que abrís un libro, y descubrís que no hay momento sublime como sentir la primer alarma del reloj y desear con todas tus fuerzas que el momento de despertar no llegue, para así evitar el olvido de ese sueño que, se sabe, inevitablemente va a llegar en el transcurso del día y ya no podrá ser contado. Entonces uno pospone el despertar, para seguir soñando.

Cada día lleva una frase al hombro, apta para esa nómina de acontecimientos poco importantes, que, con el pasar de los años, conforman nuestra historia.
Hoy me tocó una de Ray Bradbury, quizás para dejarlo ir de a poco, y para también soltar de a poco esa persona que soy yo hoy:

Jump, and you will find out how to unfold your wings as you fall.


Rest In Peace, Ray.


[Luk]

sábado, 19 de mayo de 2012


Vagus Quidam


La angustia insoportable de todo silencio que exceda de un segundo, que amenace prolongarse. Es que si durara, nos miraríamos. (Los tan sabidos rostros que un día, en un instante más puro, vemos repentinamente como son, y que retroceden instantáneamente a su expresión- la que ponemos). (J. C.)



Era el vértigo de la lengua con la palabra en la punta.
Era claramente un lugar del que no había escapatoria, del que me sentía responsable de prevenir al mundo. Yo lo sabía y, aunque me retorciera en la tristeza, no había nada por hacer. Las circunstancias estaban planteadas, Alea Jacta Est.
Parecía estar ahí desde hacía mucho tiempo, tanto que empezaba a perder la noción, incluso el interés. La salida no se presentaba como un camino complicado, como sugería la oscuridad de la noche, sino un camino intransitable. Intransitable, quizás. Intransitable, no sé.

Pero sentía esa tristeza, y era un sueño, y las tristezas de los sueños son lo que a uno le pesa cuando se despierta.

Quizás era el vértigo de la lengua con la palabra en la punta.


(“No me afligí. Era otra cosa, un sentimiento que no existe de este lado.” J. C.)



Luk.-

Aeh... (I sighed)



“... And 'aeh' (I sighed) but then
 then I wrote this declaration
just in case the world end


Our guns...
We shot them in the things we said
ah we didn't need no bullets
cos we rely on some words instead
 

and we'd kill ourselves laughing
at the funny things we'd say


yawn and smile say
'what direction shall we take?'


'Somewhere where it warm and wet'
this be the route we'd always take and


('on the attack now on the attack')


And battles
they happened in these dancehalls
see we'd rather fight with music
choosing one the rhythm war
battle at these shakedowns
and we battle at these gigs
we do battle in our bedrooms
made some sweet love to the beat...”

sábado, 21 de abril de 2012

"Yo creo que desde muy pequeño mi desdicha y mi dicha al mismo tiempo fue el no aceptar las cosas como dadas. A mí no me bastaba con que me dijeran que eso era una mesa, o que la palabra "madre" era la palabra "madre" y ahí se acaba todo. Al contrario, en el objeto mesa y en la palabra madre empezaba para mi un itinerario misterioso que a veces llegaba a franquear y en el que a veces me estrellaba.

En suma, desde pequeño, mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las co- sas tal como me son dadas."  

Julio

La salvación

Buenas tardes, señor -dijo el viejo-, ¿qué desea? -Señor -dijo el hombre que buscaba la salvación-, ¿tiene algo que me salve?. El viejo dejó el lápiz encima de la boleta, lo corrió justo hasta el borde del talonario, cerró las tapas, apoyó las manos sobre el mostrador, ladeó la cabeza, y se lo quedó mirando por encima de los lentes. El hombre ya empezaba a ponerse nervioso. Por fin, el viejo dijo: -Ajá, ¿conque algo que lo salve? -Sí. ¿Tiene? -preguntó el hombre esperanzado. El viejo tiró de la punta que asomaba apenas, extrajo el lápiz y dio unos cuantos golpecitos en el mostrador. -Conque algo que lo salve -dijo nuevamente. "Qué despacioso", pensó el hombre, "parece un telegrafista". El viejo arrugó la cara y miró los estantes de arriba, con un ojo achicado, como si estuviera recordando. Después volvió a observar al hombre, salió de atrás del mostrador, y se alejó hacia el fondo del local, que era muy largo y bastante oscuro. Regresó empujando lentamente una escalera con rueditas, que estaba unida por un riel a los estantes de arriba. El hombre notó que el viejo renqueaba un poco de la pierna derecha. Creyó que iba a subir, porque ya había apoyado la escalera, muy cerca de él, como a cinco pasos, pero el viejo la sacudió un poco verificando la solidez de los peldaños, se sonrió y dijo: -Ahora, señor, si usted se diera vuelta... -¡Eso nunca! -dijo el hombre con el rostro demudado y haciendo un ademán de irse. - Por favor -dijo el viejo sonriéndose más todavía-. Por favor -volvió a decir-. No me interprete mal. Tiene que ser sin mirar. Dese vuelta y cierre los ojos. El hombre se dio vuelta y cerró los ojos. El viejo tardaba. Por fin oyó que subía, respirando fuerte, como si le costase. El hombre hizo un amago de girar el cuerpo. Desde lo alto escuchó la voz del viejo. - Ah, no, así no vale. Ya le dije que tiene que ser sin mirar. Dese vuelta y cierre los ojos. ¡Y no espíe, eh! El hombre apretó fuertemente los párpados, tanto, que la cara se le distendió en una mueca, como si estuviese riendo con la boca cerrada. Atrás, arriba, el viejo estaba revolviendo algo, alguna mercadería, que hacía ruido a lata. De pronto el sonido cesó. El hombre sintió que el corazón le empezaba a latir apresuradamente. Tu vo miedo. El viejito no la podía encontrar.Ya la había vendido toda. Se daría vuelta en la escalera, y le diría: - Señor mío, lo siento mucho. No queda más. Ya puede mirar. Y bajando despaciosamente los escalones, agregaría: - Hasta la semana que viene no hay nada que hacer... Usted tendría que darse una vueltita el jueves, o más seguro el viernes. Entonces él, saturado de cansancio, preguntaría por rutina: -Y dígame, señor, ¿no sabe dónde se podrá conseguir por acá cerca? -Pero no le estoy diciendo, señor, que la semana entrante la recibimos seguro -insistiría el viejo ya un poco amoscado y apoyando la pierna renga en el suelo. -No, no puedo esperar. Gracias -y tendría que irse, y suicidarse con bicloruro de mercurio. Pero no fue así. El viejo seguía revolviendo cosas. "Probablemente debe de haber cajas de cartón, también", pensó el hombre, porque por momentos el ruido a lata se amortiguaba. El viejo dijo: -Ajá, já, por ai cantaba Garay. Por la forma como le salió la voz, parecía que estaba tironeando de algo. "Como si estuviera sacando una muela", pensó el hombre. -Ya está -dijo el viejo. El hombre dio un salto. Una media vuelta como los soldados. - Ah, no -dijo el viejo desde arriba-, sin darse vuelta. El hombre volvió a su posición. No había alcanzado a ver más que el saco color gris rata del viejo, un poco del pantalón marrón, de un marrón muy antiguo, porque le trajo un recuerdo impreciso de cuando era chico, y dos rayas anchas y blancas. La escalera empezó a crujir. El viejo bajaba. Al hombre le pareció que el descenso se le hacía interminable. De frente, escondiendo algo detrás de la espalda, el viejo tarareaba las palabras como los chicos: -Ya está, ya está, ya está. Llegó hasta donde estaba el hombre. - Ahora, sin espiar, se me va a dar vuelta para el otro lado -dijo. Y le apoyó la mano libre en el hombro, lo ayudó a girar, y verificó que tuviese los ojos bien cerrados. -¿Ya está? -preguntó el hombre. -Ya va a estar, ya va a estar -dijo el viejo pasando detrás del mostrador. Hizo un ruido con la bobina que al hombre le pareció raro, sobre todo al tirar del papel y al cortarlo. Pensó que ya estaba exagerando. "Cuánta parsimonia", se dijo. "Evidentemente, ya está haciendo el paquete. "Y lo que el viejito le estaba por vender debía de ser bastante pesado, porque hizo un ruido contundente al ponerlo sobre el mostrador. - ¿Ya está? -volvió a preguntar el hombre, impaciente, aunque sabía que no estaba, porque recién, recién el viejito lo había acomodado para envolverlo. -Ya va a estar, ya va a a estar -y el hombre oyó nítidamente el crujido del primer doblez. Además, pensó, debía de ser cuadrado, porque el viejito hacía los pliegues con golpes secos, como siguiendo con la palma de la mano unos ángulos rígidos. Ahora le estaba poniendo el piolín. El viejo cortó el sobrante del hilo. "Seguro que con un alicate", pensó el hombre. Después el viejo golpeó con el paquete ya hecho sobre el mostrador y dijo, canturreando la a final como dándole la seguridad al hombre de que efectivamente había terminado: -Ya está. El hombre primero abrió los ojos, después sacudió la cabeza como un nadador que sale del agua, se dio vuelta y miró el paquete. El viejo lo sostenía colgado del moñito, con dos dedos, en un gesto casi gracioso. El hombre vio que tenía forma de prisma, y que estaba eficientemente hecho, con papel madera verde. "La verdad, que da gusto", pensó. Y sonriendo, lo agarró con las dos manos, como si sacara la sortija. Lo tuvo un momento contra el pecho. Después, como si recapacitara, lo puso debajo de la axila, y metiendo la mano en el bolsillo del pantalón, preguntó apurado: -¿Cuánto es? - Novecientos noventa y cinco pesos -dijo el viejo-. ¿Necesita factura? -No, no hace falta -dijo el hombre. El viejo rebuscaba en el cajón del mostrador. El hombre hizo un gesto con la mano rechazando el vuelto. - Está bien, señor, déjelo. - Valiente -dijo el viejo dándole una moneda de cinco pesos-.Que lo pase usted bien. Buenas tardes -Y se agachó para recoger el lápiz que se había caído. El hombre apretó el paquete y salió. Recién entonces se dio cuenta de que al abrirse la puerta, sonaba como un carillón, o una caja de música. El paquete era más o menos como un ladrillo, no tan grande, como le había parecido al verlo, ni tampoco tan pesado. El hombre deshizo el nudo con impaciencia, y consiguió desenvolver la primera vuelta del hilo, porque el viejo le había dado dos. Cuando le estaba sacando los parches de dúrex, y mientras pensaba: "Qué curioso, no me había dado cuenta de que le había puesto dúrex. Prolijo, el viejito", lo atropelló el Mercedes de color verde musgo. Prácticamente le aplastó la cabeza con la rueda izquierda. Se juntó un montón de gente. Lo taparon con una bolsa de cal, que un corredor de seguros mandó traer enseguida de la obra en construcción que estaba al lado. Cuando llegó la ambulancia, todos se corrieron y le dejaron paso. Deportivamente, bajaron el chofer y el practicante; parecían dos jugadores al entrar a la cancha. Trotaron hasta el hombre, se agacharon, lo destaparon y se miraron entre ellos. El practicante quiso saber qué había en el paquete. El muerto lo sostenía apretado contra el pecho. Trató de abrirle las manos, pero no pudo. Tampoco pudo separarle los dedos. Entonces lo llevaron al hospital Pirovano. Lo bajaron con camilla y todo, y lo dejaron en la guardia, encima de otra camilla verde, con las patas despintadas. El enfermero fue a llamar a la doctora. Vino la doctora. La doctora era joven y gorda. Hablaba como un hombre, y decía malas palabras. Cuando lo destapó, hizo un gesto negativo con la cabeza. Sintió curiosidad por el paquete. Intentó sacárselo. El practicante le dijo que no era tan fácil, que él ya había probado. La doctora dijo, poniendo cara de inteligente: "Es que los muertos son muy duros". Y el practicante dijo: "Sí, parecen hijos de vascos". La doctora tironeó de los restos del dúrex, y los desprendió. Sacó el papel nerviosamente, el doble papel, porque el viejo había sido muy minucioso. Entonces su expresión cambió. Su cara tenía ahora un visaje de asombro y desencanto. La doctora creyó necesario hacer una frase entre el silencio de todos. La ocasión era propicia y a la doctora le gustaban mucho las frases. Miró alternativamente al enfermero, al chofer y al practicante, y dijo: - Vean a qué cosas se aferran los seres humanos. (Isidoro Blaisten)