sábado, 26 de agosto de 2017

Todos los días

Todos los días me despierto ahora con alegría y pena.
En otros tiempos me despertaba sin ninguna sensación:
despertaba.
Tengo alegría y pena por perder lo que sueño
y porque en la realidad puedo estar donde está lo que
sueño.
No sé lo que he de hacer con mis sensaciones.
No sé lo que he de ser conmigo a solas.
Quiero que ella me diga algo para despertar de nuevo.

[Fernando Pessoa]

Bubbles

"... Son, traslúcidamente, toda una filosofía.
Claras, inútiles y pasajeras como la Naturaleza,
amigas de los ojos como las cosas,
son lo que son
con una precisión redondita y aérea,
y nadie, ni aun el niño que las suelta,
pretende que sean más que lo que parecen ser."

[Fernando Pessoa]

domingo, 13 de agosto de 2017

LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO

(De "Cantos iberos", 1955)

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,fieramente existiendo, ciegamente afirmando,como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frentelos vertiginosos ojos claros de la muerte,se dicen las verdades:las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemasque ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,piden ser, piden ritmo,piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto,con el rayo del prodigio,como mágica evidencia, lo real se nos convierteen lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesariacomo el pan de cada día,como el aire que exigimos trece veces por minuto,para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque a penas si nos dejandecir que somos quien somos,nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujocultural por los neutralesque, lavándose las manos, se desentienden y evaden.Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufreny canto respirando.Canto, y canto, y cantando más allá de mis penaspersonales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,y calculo por eso con técnica, qué puedo.Me siento un ingeniero del verso y un obreroque trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía-herramientaa la vez que latido de lo unánime y ciego.Tal es, arma cargada de futuro expansivocon que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada.No es un bello producto. No es un fruto perfecto.Es algo como el aire que todos respiramosy es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendocomo nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.

Gabriel Celaya

Todo el mundo está cuerdo

TERRIBLEMENTE, HORRIBLEMENTE CUERDO




jueves, 27 de julio de 2017

Son lo mismo

La mayoría de las veces se habla del amor como si fuera esencialmente dicha, sentimientos alegres que proliferan, y, como si fuera la única forma de hallar prosperidad, se le atribuye cierta infinidad como condición de lo verdadero. Pero vos… Vos advertís, vos sabes que quien relata no puede más que estar solamente bordeando el concepto, que esa satisfacción absurda no puede representarlo, que el amor es, en esencia, desconsuelo e incomprensión, porque definirlo es matarlo. Y el amor es matarse en cada esquina, pero sin definiciones ni dictámenes, o algo más parecido a eso, más bien brutal y feroz, y no una caricia, ¿se entiende?

Y esa es la historia que yo contaría si tuviera que hablar de vos y del amor, que son lo mismo.

Luk

La vida calla más que la muerte

Voy anotando en imágenes:
las entrelíneas de un temblor,
un cociente furtivo de la sombra,
el residuo de un relámpago.
Voy copiando modelos:
la vida apretada en un muñón,
la síntesis que se completa en un suicidio,
un pan que rompe un beso.
Voy subrayando textos:
el vacío que suspende una frase,
una palabra que pierde el equilibrio,
una disonancia que canta.
Voy llenando dibujos:
el modo con que practico el infinito,
la ocupación también transitoria de la muerte,
el préstamo sin garantías de esta realidad.
Voy llegando al comienzo:
la palabra sin nadie,
el último silencio,
la página que ya no se enumera.
Y así encuentro la forma
de probar que la vida
calla más que la muerte
Roberto Juarroz
[ Poesía vertical V- 18]

domingo, 16 de julio de 2017

Te odio, te necesito

Cuando se mira largamente una cara que está frente a ti, mirándola para que no se aleje mientras está frente a ti, mirándola para que no haya mirar sin ver, bruma en tu mirada que atraviesa caras como si fueran cristales, mirándola, digo, con pasión y necesidad, sucede, sin que lo sepas sino mucho después, que no la has mirado contrariamente a lo que creíste. Cómo se produce este olvido: he aquí lo que quisieras averiguar. Tú miras, has mirado, no perdiste un solo gesto, ninguna sonrisa: registraste y asimilaste. Bebiste de ese rostro como sólo puede hacerlo una sedienta legendaria como tú. Pero sales con la garganta seca, los ojos dolidos, buscando en tu ausencia la imagen que contemplaste sin fin. Vas por las calles, increída y flotante, y te preguntas si no fue verdad que estuviste sentada frente a ese rostro. Tu combate con la desaparición es arduo: te enciendes, te enloqueces, por recordar. Buscas, buscas en ti entre tus escombros, entre tus fragmentos inutilizables. Porque si no lo recuerdas instantes después de haberlo visto ello será la señal precursora de una búsqueda que durará días, hasta que te veas de nuevo frente a frente, consumida por las noches de odio y de amor de tu frenética memoria y con una decisión que siempre te resulta nueva, te sentarás y mirarás esa cara hasta que tu mirada se pulverice. Sabes que si logras retenerla en ti el deseo morirá. Sabes que si esa cara llega a pasar una temporada en tu memoria —esa cara tal como es en sí misma — tú serás salvada (por la exactitud y la fidelidad, ángeles que apenas conozco y que admiro con delirio).
Pero no es así. No la recuerdas. Ahora que han pasado tantas horas te preguntas por infinitésima vez cómo era. La tienes dentro de ti, la sientes resbalar por tus nervios, la sabes flotando dulcemente dentro de tus ojos. No sabes qué hacer con esa cara que no recuerdas: ¿amarla?, ¿odiarla? Si la amas te delirarás en un llamado mental: pronunciar su nombre y desear que venga ya, ahora mismo, o saldrás a su encuentro imposible, por las calles que te ordena atravesar tu locura. Si la odias, tienes deseos de matarte para matarla, pues esté donde esté sólo está en ti y si tú mueres morirá ella. La probabilidad de odiar un rostro que naufraga en tu inolvido te aterroriza: quisieras pedir auxilio como si hubieras tragado ratas. La de amar te es menos cruel: te [tiras] acuestas en el suelo y con los ojos muy cerrados recitas poemas de todos los siglos y en varios idiomas. Pues siempre hubo gemidos semejantes al tuyo y es suave como una mano de terciopelo musitar sílabas que se unen para decir hermosamente la imposibilidad de un amor que no muere.
A veces, el resentimiento por el abandono y la soledad se hace tan fustigante que odias a diestra y siniestra, odias cualquier emanación viviente —amantes, amigos, perros, pájaros, flores—. Si al menos salieras a la calle con un revólver o si envenenaras anónimamente. Desde tu silencio ruegas por la muerte de todos y de cada uno. Y los odias hasta que oyes gritos y entonces, al fin, sollozas como una maravillosa heroína romántica. Gritos en ti que son los de tus anheladas víctimas. Pero yo me río de mi crueldad de juguete. No por eso sufres menos cuando odias porque bien sabes que no te ha sido dado el odio al género humano sino un odio muy peculiar, que destinas a muy pocos seres y se particulariza en aquellos que por alguna razón quieren ayudarme a salir de mi delirio. Es así como a veces, ahogando en tus ojos el odio, miras a esos seres angélicos que te miran con dulzura y afecto, y de pronto, cierras los ojos muy fuerte, como si quisieras romperlos, porque nada más doloroso que odiar a la única persona que podría salvarte. ¿Pero qué quiero? Me han ayudado varias veces en mi vida, he conocido rostros magnéticos que emanaban una piedad sin límites por mi persona doliente. (Si te suicidas por agua, cómo no odiar al que te obliga a respirar forzando tus miembros hasta arrancarte una aceptación física del mundo.) Nadie te obliga a verte con esos ángeles. Si no me viera con ellos, si alguno de ellos desapareciera, mi dolor sería ilimitado y difuso. ¿Qué quiero entonces? Quisiera rogarles que yo no los odie. Absurdo. Paradoja. La verdad es otra: también tu deseo es ilimitado y difuso y una coleccionista maníaca que yo conozco quisiera tener esos ángeles para ella sola pues ella no soporta que sean ángeles también para otros dolientes y sufridos. Tenerlos aquí, en esta habitación, sobre la chimenea o desparramados por las sillas como antaño las muñecas adoradas.
Mas, como no es así, ella los odia con un terror indecible. Porque ¿quién me escuchará si le digo: "Te odio, te necesito, ven a vivir conmigo, hagamos juntos el odio, el amor, lo que tú quieras pero juntos"? Un castillo rodeado de fosas, una casa sin ventanas ni puertas. Adentro, amor mío, siempre entre muros mudos y sin sonido y sin palabras y sin comunicación alguna con lo que yace o camina bajo el viento asesino de esta noche. Tendremos instrumentos de tortura. Tendremos todos los libros de poesía que existen en el mundo. Toda la música. Todos los alcoholes que arden en los ojos y corroen el odio. Nos embriagaremos hasta oscilar como seres de una materia fosforescente, y diremos tantos poemas que nuestras lenguas se incendiarán como rosas. Sin ventanas, amor mío, sin puertas, sólo una casa, un palacio, una bohardilla lúgubremente sorda y ciega y amparadora. Y si viene el sol, si descubro huellas de claridad en el suelo, tú me dejarás llorar sobre ti, y me ayudarás con palabras que atraigan al olvido y a la noche desesperada de siempre. En verdad no te odio, te amo y te llamo. Te llamo y no vienes. Ahora te odio. Y tendremos lejos los relojes y no nombraremos al tiempo. Y haré poemas que iluminarán todos los silencios. De esta manera no habrá muerte ni soles sino sangre, alcohol, palabras extrañas y nuestros sexos unidos. Pero tú no vienes, no vendrás, y yo sé que no vendrás. Si supieras que no puedes no venir. Aunque no estás aquí, la orgía se inicia, comienzo a beber, a aullar los poemas más bellos, a reír y a llorar en la noche de tu ausencia, hasta que me arrojo sobre tu pobre representación y lloro hasta que nadie me consuela. "Aún no es así", dices. Sientes tus huesos, tu mala respiración. La habitación llena de humo, de mal. Pestilencia de lo que se desea en vano. En vano escribes porque vano es el lenguaje para quien aspira a una alta tensión del silencio. Mi miseria, mi mirada. Milagro de la que aún vive y sobrevive. Todo cadáver hacinado en la memoria. Tu lápida será una sílaba: NO.
Inquieta buscar en el mismo sitio de siempre. Lo que no se encuentra termina por ser presencia. Y yo sé lo que digo, lo sé tanto que no debiera decírmelo de nuevo. Pero mi lengua procaz no se deshabitúa de rumiar siempre lo de siempre. Y además, qué puro gozo en la noche martirizarme con invocaciones y llamados. Yo me asusto. Yo me pongo una sábana negra y me acerco al espejo con un cirio y me hago señales de adiós.
No te decides a entrar en una laboriosidad forzada, a cumplir con un decálogo de horas y minutos que te haría transitar con menos pena por este sitio desolado. No, más vale la soledad entre cuatro paredes sucias, la soledad violentada, en pugna con los relojes, los deseos, la tensión de la nostalgia. Más vale el mundo de cenizas que me ciñe. Más vale esta pornografía, esta desesperación, este escándalo, este gritar así nomás porque sí nomás, este escamotearse al aire puro, al aire.
Cada vez que digo amor mi furia no tiene límite. Cada vez que digo odio mi miedo no tiene límite. Si alguien intercediera por mí. ¿Ante quién? ¿Para decir qué cosa? Que digan, aunque sea, que la noche pasa, y el alba está cercana y mañana también será un día y que todo esto es espantoso.

Alejandra Pizarnik, 4 de agosto de 1962, Cuaderno de mayo a agosto de 1962, Diarios.