sábado, 8 de julio de 2017

... De todas las cosas.

Fuera de mí, en el espacio, errante,
la música doliente de un vals; 
en mí, profundamente en mi ser,
la música doliente de tu cuerpo;
y en todo, viviendo el instante de todas las cosas,
la música de la noche iluminada.
El ritmo de tu cuerpo en mi cuerpo...
El giro suave del vals lejano, indeciso...
Mis ojos bebiendo tus ojos, tu rostro.
Y el deseo de llorar que viene de todas las cosas.

[Vinicius de Moreaes]

miércoles, 5 de julio de 2017

Backstage de un milagro menor

Voy a contar algo que ocurrió hace un mes y que, por un momento, nos pareció un milagro de entrecasa. Podría narrar el milagro sin dar a conocer su lógica interna, escondiéndoles a ustedes la explicación que lo desbarata. Pero no haré eso, porque me quedaría un cuentito fantástico y nada más. Voy a narrar los hechos sin trucos. Ustedes verán a las marionetas pero también los hilos que las mueven. Dicho esto, la historia empieza con una mujer, sentada en un sillón, y sigue con una chica de once años que va en coche por la ruta.
La mujer, que también es mi madre, acaba de echar a todo el mundo de su casa (a los amigos, a los hermanos, a los nietos) porque necesita quedarse sola, llorar sola y esperar sola a que llegue el sueño. Hace cincuenta y dos horas que no duerme. Ahora intenta descansar y se desploma en el mismo sillón donde dos días antes murió su esposo, que también era mi padre.
Es la noche del once de julio, hoy hace un mes. Por primera vez en cuarenta años, esta mujer cierra la puerta de su casa sin que dentro viva nadie más.
El truco comienza en este párrafo, porque a diez kilómetros, por la ruta cinco, van en coche mi hermana, su marido y sus hijos, de regreso a La Plata después del entierro. Es de noche y nadie habla, porque ha sido un día muy triste y después una noche muy larga.
Una chica de once años, que se llama Manuela y es mi sobrina, se recuesta sobre la ventanilla a ver pasar las luces del camino; saca de su mochila un teléfono móvil y se pone a revisar los contactos. Nadie le presta atención.
Volvamos a Mercedes. La mujer que es mi madre aprovecha su primera soledad para desahogarse sin testigos. No ha podido hacerlo antes porque no tuvo un segundo sin compañía, sin abrazos o presencias. Se ha mostrado fuerte en todas partes: serena en el salón y en los pasillos de la casa velatoria, y también entera en las calles del cementerio, frente a la bóveda. Saludó, besó y agradeció a todo el mundo; cabizbaja y líquida, es verdad, pero sin desbordes. Ha durado cincuenta horas sin hacer un solo escándalo en público. Ahora, por fin, está sola.
Se pone a gritar como si la hubiesen quemado.
Lejos de allí, cruzando el peaje de Luján-Mercedes, uno de mis sobrinos observa el celular que maneja Manuela, su hermana. No es el teléfono de siempre, el rosa de juguete, sino uno distinto de color negro, que parece real. El hermano pregunta:
—¿De dónde lo sacaste?
Manuela no le responde y se queda mirando por la ventana. El hermano insiste:
—¿Es un teléfono de verdad?
Entonces Manuela se acerca a su oído y le contesta, en voz muy baja para que sus padres no la escuchen:
—Es el celular del abuelo Roberto —y también dice—: tiene crédito.
Como se ve, lo que va a pasar dentro de un rato no tiene nada que ver con un milagro, pero sigamos con los hechos naturales: en la que fue mi casa, en la que es mi casa, la mujer sigue con sus gritos. No son lamentos al azar, no son aullidos ni onomatopeyas salvajes, sino preguntas retóricas dirigidas a su esposo, en tono de reprobación y con timbre de barítono.
La mujer le reprocha al marido, en voz alta, la poca consideración que tuvo al no haber informado sobre su muerte, tan repentina y a destiempo. Se levanta del sillón y le habla. Las frases que dice no tienen sentido, por lo menos no en el terreno de la lógica, pero a la viuda le bastan y le sobran para desahogarse.
Ella sabe que gritar ¡por qué no me avisaste! no sirve para nada, pero lo dice de todas formas. Y lo repite, y lo repite una vez más, porque los reproches inútiles, en las casas vacías, suenan mejor con la insistencia.
Con el tiempo aprenderá a usar el pensamiento, a conversar en silencio, sin hacer uso de los gestos ni la boca, pero ahora la mujer es inexperta y le habla a su esposo a viva voz. Le habla al sillón, en realidad. Ya no le grita: de a poco la escena se convierte en una conversación típica del matrimonio, en una crisis menor, en uno de los muchos monólogos nocturnos en donde ella siempre gritó y el otro siempre hizo silencio.
—Siempre igual vos —le dice—. Cuando hay problemas, calladito.
En el coche dos de mis sobrinos duermen; Manuela no. Sigue mirando las luces por la ventanilla, con el teléfono todavía en la mano. Se llevó ese teléfono porque nadie más lo iba a usar, y porque ella todavía no tiene uno. Más tarde confesaría que no fue un robo: dos o tres veces quiso pedírselo a su mamá, pero ella siempre estaba llorando o dejándose abrazar por gente. En un momento se lo mostró a su abuela y le dijo, con mucha vergüenza:
—Chichita, ¿lo puedo usar yo ahora?
Y su abuela hizo que sí con la cabeza, pero era un sí a cualquier cosa, no estaba mirando a ninguna parte. Por eso ahora la chica piensa en la abuela triste, en su cara de agotamiento y pena, y siente culpa por haberla dejado sola, en Mercedes. Se despidieron en la puerta, sus padres le ofrecieron quedarse, o que se fueran todos a La Plata, pero la abuela no quiso:
—Alguna vez tengo que estar sola —dijo, y se encerró.
Su abuela es fuerte, piensa Manuela, ella no se habría animado a quedarse sola tan pronto. Es fuerte pero está triste. En once años, en toda su vida, Manuela no había visto nunca a Chichita con los ojos sin brillo. Entonces abre el teléfono y le escribe.
El hilo y las marionetas se unen en este segundo, porque al mismo tiempo que la nieta pulsa la primera letra del mensaje, la viuda, que conversa en casa con su esposo, le está pidiendo una señal al muerto.
—Dame una señal —dice la mujer, que es también mi madre, mirando el sillón vacío.
No es increíble, no es mágico que Manuela escriba su mensaje en este punto de la historia. Bien mirado, es natural. Es cierto que también pudo haber ocurrido primero una cosa y mucho después la otra, incluso con horas de diferencia, pero están pasando las dos a la vez y no debe asombrar a nadie.
La chica escribe en el coche mientras la mujer, en su casa, le pide a su marido —en voz muy alta— que le dé una señal. También le pregunta qué hará ella ahora, sin los hijos y sin él; cómo se recompone la rutina; dónde están las facturas y cómo se pagan; quiere saber si el tiempo cura; pretende que él la ayude a tramitar la pensión; le pide otra vez una señal; le dice que tendría que haber sido al revés, y dentro de veinte años; pero sobre todo al revés.
Mezcla la desesperación filosófica con el planteo doméstico, a veces en la misma frase. Habla con serenidad, pero ya sin control, a la vez que Manuela redacta una frase muy simple, de cuatro palabras, a sesenta kilómetros de allí:
—NO ESTÉS TRISTE, DESCANSÁ —es lo que escribe mi sobrina, y envía el mensaje. Después acomoda la cabeza en el hombro de su hermano, y se queda dormida.
Miremos por un instante cómo viaja el texto hasta un satélite, cómo rebota la frecuencia y se convierte en bytes. Veamos la escena desde todos los ángulos, para asegurarnos de que no hay milagro posible, que todo tiene la lógica del tiempo y del espacio.
Mientras las palabras de su nieta viajan en medio de la noche, la mujer sigue con su monólogo encendido. Sospecha que su esposo resultará un muerto tímido, como lo fue en vida, poco dado a lo trascendental, porque no aparece. Supone que le costará hacerse presente, dejarse ver. Y así se lo dice:
—Vos no sos la clase de tipo que se aparece después de muerto, yo sé que te da vergüenza, pero tenés que hacer un esfuerzo. Vos...
Entonces suena, en la casa vacía, el celular de la mujer. Ella se queda con la palabra en la boca y camina hacia el milagro falso, mientras se pone los lentes de leer de cerca. Observa, en la pantalla del teléfono, una frase imposible, en letras mayúsculas:
ROBERTO HA ENVIADO
UN MENSAJE DE TEXTO
La mujer, que es también mi madre, presiona un botón y repasa las cuatro palabras que hace diez segundos ha escrito Manuela desde el coche.
—No estés triste, descansá.
Se queda un rato largo mirando la pantalla, con los dedos inmóviles. No parpadea ni respira. Tiene la luz verde del teléfono en los ojos, y los ojos muy abiertos.
Después la mujer sale del comedor más serena, sin mirar el sillón ni decir una palabra más. Tiene la garganta seca de tanto monólogo. Apaga las luces de la cocina, entra a su cuarto y se acuesta. Se queda dormida y descansa.
La historia acaba así, no hay nada más. Podría haber explicado el cuento omitiendo las escenas del coche, y habría salido una historia más o menos prodigiosa, con una viuda que pide una señal y un marido muerto que le responde. Pero no fue así. Conté las cosas como fueron, con el backstageincluido, porque las anécdotas son mejores cuando no tienen nada del otro mundo.

Hernán Casciari
Lunes 11 De Agosto, 2008
[ 
http://editorialorsai.com ]

miércoles, 21 de junio de 2017

... Y que el placer que juntos inventamos sea otro signo de la libertad.

"... Como un perro que pasa, una colina,
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o contra mía..."

[ J. C. ]

sábado, 10 de junio de 2017

No tengo un carajo

Tengo frío. Como si el frío fuese un estado de ánimo.
Tengo distancias acumuladas en el pecho y una memoria de perro que no me permite saber quién es ésta que porta mis pieles y mis infiernos.
Tengo miedo de mí misma.
Tengo una sensación de espanto y vivencias surreales que consumo como drogas.
Y tengo esta nada que me sugiere destruírme...
Tengo los ojos hinchados de tanto morderme la vista, de tanto escándalo cromático, de tanto campo malsano.
Tengo un futuro que me propone saltar a mi propio abismo y salir a flote en un barco hundido.
Tengo tantas preguntas que no me pertenecen...
Tengo esta certeza de estar haciendo nada y unas ganas inmensas de vomitar algún "quizás".
Tengo en tus manos las dos caras de una moneda, aún cuando la moneda está rodando en el vacío.
Tengo pensamientos encriptados, conceptos que torpemente se abren paso entre palabras que los vuelven nulos automáticamente.
Tengo un nosotros agotado de tanto trote y un sudor hambriento que no puedo reconocer.
Tengo este destiempo que me ahoga y me convoca, y un cuchillo a mano para cortar el porvenir.
Tengo esta inercia acelerada, esta farsa encapsulada y a la parca seduciendome.
[Luk]

viernes, 9 de junio de 2017

Sobre todo de la lluvia

"... Háblame

transfórmame

quiero que me conduzcas

a la sabiduría

cuéntame de la lluvia

de la enredadera que se niega al verdor

de la destrucción y la creación

y el nuevo orden mundial

y el precio del platino en occidente

pero sobre todo de la lluvia..."

Fragmento del poema "El amante suplica una gracia" - Rita González Hesaynes

jueves, 8 de junio de 2017

Piénsate bravo

Si te postran diez veces te levantas
otras diez, otras cien, otras quinientas ...
No han de ser tus caídas tan violentas
ni tampoco, por ley, han de ser tantas.

Con el hambre genial con que las plantas
asimilan el humus avarientas,
deglutiendo el rencor de las afrentas
Se formaron los santos y las santas.

Obsesión casi asnal, para ser fuerte,
nada más necesita la criatura,
y en cualquier infeliz se me figura

que se rompen las garras de la suerte ...
¡todos los incurables tienen cura
cinco segundos antes de la muerte!


No te des por vencido, ni aun vencido, no te sientas esclavo, ni aun esclavo; trémulo de pavor, piénsate bravo, y arremete feroz, ya mal herido.
Ten el tesón del clavo enmohecido, que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo; no la cobarde intrepidez del pavo que amaina su plumaje al primer ruido.
Procede como Dios que nunca llora, o como Lucifer, que nunca reza, o como el robledal, cuya grandeza
necesita del agua y no la implora ... ¡Que muerda y vocifere vengadora, ya rodando en el polvo tu cabeza! 

Pedro Bonifacio Palacios (Almafuerte)